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Thursday, 12 March 2026
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Vivienda en Málaga: el lujo de tener un techo

Vivienda en Málaga: el lujo de tener un techo

Imagen de Fernando Uyaguari / Shutterstock.com

Encontrar una vivienda en Málaga se ha convertido en un deporte de alto riesgo, solo apto para valientes con paciencia infinita y bolsillos profundos. Comprar un piso es casi una utopía para quienes no cuentan con un buen colchón financiero o una herencia inesperada. Y si hablamos de alquileres, la cosa no mejora: precios desorbitados por pisos que, en muchos casos, han visto mejores días hace décadas. Un estudio de 30 metros cuadrados a 900 euros al mes ya no sorprende a nadie, y el concepto de «vivienda digna» parece haberse quedado en los libros de derecho constitucional.

El boom turístico, que tantos beneficios deja en la ciudad, ha tenido un efecto colateral evidente: el alquiler vacacional ha devorado la oferta de viviendas para residentes. Muchos propietarios han descubierto que es mucho más rentable cobrar 150 euros por noche a turistas que 800 euros al mes a un malagueño. El resultado es que cada vez más personas se ven obligadas a alejarse del centro y a buscar piso en la periferia, convirtiendo el simple hecho de ir a trabajar en una odisea de autobuses abarrotados y atascos interminables.

Se han planteado soluciones, por supuesto. Se habla de regular los alquileres turísticos, de imponer límites al precio del alquiler, de construir vivienda pública… Pero mientras los políticos debaten y los inversores siguen llenando sus carteras, la realidad para muchos malagueños es que la vivienda se ha convertido en un bien de lujo. Comprar un piso es misión imposible sin endeudarse de por vida, y alquilar exige pagar una cantidad que en muchos casos roza o supera el sueldo medio. Así que la pregunta es obligada: ¿en qué momento tener un techo dejó de ser un derecho para convertirse en un privilegio?

El crecimiento de Málaga como ciudad de moda ha traído consigo una paradoja interesante: se construyen rascacielos y complejos de lujo con vistas al mar, pero cada vez más malagueños tienen que mudarse a municipios vecinos. Hay quien dice que esto es progreso, pero para muchos, lo único que progresa es su desesperación. Porque si algo está claro es que en la guerra por la vivienda, el ciudadano medio tiene todas las de perder. Mientras las grúas no paran y los carteles de «se vende» y «se alquila» cuelgan con precios surrealistas, el malagueño se pregunta si algún día podrá aspirar a algo más que a compartir piso hasta los 40.

El modelo económico de la ciudad parece apostar más por atraer inversión extranjera que por facilitar la vida a quienes han nacido o llevan años viviendo aquí. En los barrios más turísticos, los comercios de toda la vida han sido sustituidos por franquicias y tiendas de souvenirs, y en las zonas residenciales, los precios de la vivienda han seguido la misma tendencia. El resultado es una ciudad cada vez más orientada al visitante y menos habitable para el residente. Y lo peor es que esto no parece tener freno.

Málaga es una ciudad maravillosa, con su clima, su cultura y su gente. Pero, si no se toman medidas urgentes, solo unos pocos podrán disfrutarla como residentes. El resto tendrá que conformarse con verla de lejos, desde un tren de cercanías que los devuelva a su hogar en algún punto cada vez más lejano del mapa. Y así, poco a poco, la Málaga que conocemos se irá diluyendo entre hoteles boutique y apartamentos de Airbnb. ¿Es este el futuro que queremos?

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